Durante dos jornadas, emprendedores de La Paz, El Alto y Cochabamba dejaron por un momento sus negocios para encontrarse con otros emprendedores, aprender nuevas herramientas y descubrir que detrás de cada producto también existe una historia de esfuerzo, aprendizaje y superación.
Un logo, un dibujo, una frase. Eso fue suficiente para comenzar a contar una historia.
Sobre un mural empezaron a aparecer los emprendimientos de jóvenes que habían llegado desde La Paz, El Alto y Cochabamba. Algunos eligieron representar sus productos, otros sus marcas y algunos simplemente aquello que mejor explicaba lo que hacían. Así comenzó el Encuentro de Intercambio de Experiencias para Emprendedores 2026, una actividad desarrollada en el Hotel Regina de Tiquipaya, Cochabamba, en el marco del proyecto “Formación Técnica de Jóvenes de Contextos Vulnerados, especialmente mujeres, que ofrece oportunidades laborales y medios de vida en Bolivia”.
El encuentro reunió a 56 jóvenes emprendedores de 14 Centros de Educación Alternativa de las tres regionales que fueron ganadores del concurso “Mi primer Negocio” y beneficiados con capital semilla desde la gestión 2024, acompañados por el equipo técnico del proyecto, hijos/as y tutores. La idea era sencilla, pero iba más allá de reunirlos en un mismo lugar: conocerse, intercambiar experiencias y encontrar posibilidades de colaboración entre emprendimientos que, aunque nacieron en contextos diferentes, muchas veces enfrentan los mismos desafíos.
El primer ejercicio permitió comprobarlo. Al observar el mural construido entre todos, comenzaron a aparecer coincidencias. Gastronomía, confección textil y belleza integral fueron los rubros con mayor presencia, junto con iniciativas de artesanía. Emprendimientos como Morena Clara, Pucajayas y Tejiendo Sueños llamaron la atención por la creatividad con la que sus representantes lograron explicar, en una sola imagen, aquello que hacen todos los días.






























Después llegó el momento de acercarse a las personas detrás de esas marcas. Con el “Pasaporte Emprendedor”, cada participante asumió el reto de conocer, durante toda la jornada, a tres emprendedores de otras regionales y recoger de cada encuentro una idea que pudiera aplicar en su propio negocio. La dinámica buscaba que el intercambio no terminara con una conversación, sino que pudiera convertirse en una nueva relación, un contacto o incluso una futura alianza.
Pero para hacer crecer un emprendimiento también es necesario saber comunicarlo. Por eso, una de las actividades centrales fue el taller de “Oratoria y Pitch Comercial”, facilitado por la Lic. María Fernanda Zambrana Estívariz. Frente a sus compañeros, Noemí Valencia, de Muñecos Artesanales Dark Aeternus; Melina Mamani, de Creaciones y Moda Mely; Abigail Flores Colque, de Arte y Brote; y Miguel Antezana, de Salón Unisex Izabella, se animaron a presentar sus emprendimientos.
Mientras hablaban, el resto observaba aspectos que muchas veces pasan desapercibidos cuando se está detrás de un mostrador: el tono de voz, la postura, las muletillas, la seguridad y la manera de explicar aquello que hace diferente a un producto o servicio. Después, los papeles cambiaron. En grupos, a través de un juego de roles, los participantes tuvieron que vender distintos productos frente a clientes exigentes, responder preguntas inesperadas y buscar la manera de mantener la conversación permitiendo convertir la teoría en una situación bastante parecida a la que encuentran cada día cuando intentan convencer a un nuevo cliente.
Para relajar la jornada, se continuó con el “Ritual de Autocuidado: Cuidar a la Persona Detrás de la Marca”, los participantes realizaron ejercicios de respiración, estiramiento y automasaje y escribieron un compromiso personal en el “Pacto de Mi Tiempo Libre”. La actividad recordó algo que durante el encuentro había aparecido de distintas maneras: que cuidar un emprendimiento también implica cuidar a la persona que está detrás de él.
Sin embargo, hubo un momento en el que la marca, sus productos o lo comercial dejaron de ser los protagonistas.
Más de 40 emprendedores habían preparado previamente sus historias de vida durante una sesión virtual facilitada por un profesional experto en la elaboración de historias de vida. Durante el encuentro, algunas de esas historias fueron compartidas frente al grupo y permitieron conocer una dimensión que normalmente no aparece cuando se habla de ventas, precios o ganancias.
Noemí Valencia, de Dark Aeternus, habló de su paso por el CEA San Antonio, de las situaciones complejas que atravesó y de cómo encontró en su emprendimiento una forma de expresarse. También compartió su visión sobre la moda circular y el impulso que recibió durante su proceso formativo.
Desde El Alto, Luz Estrella Humerez, de Pachamama Textil, contó que su emprendimiento representa una herencia familiar y habló de la importancia de tener metas y construir un proyecto que pueda convertirse en un soporte no solamente económico, sino también personal. Su relato terminó con una dedicatoria a su esposo e hija y recordó que, detrás de cada negocio, existen vínculos que nos ayudan a seguir y razones que difícilmente pueden medirse en una cifra.
Las historias fueron reunidas posteriormente en un mural acompañado de fotografías y otros elementos significativos. Al mirarlo, el encuentro empezó a mostrar otra dimensión del emprendimiento: para muchos de ellos, emprender significa también recuperar conocimientos, superar dificultades, construir autonomía o sostener un proyecto de vida.
Con esa mirada, el grupo volvió a concentrarse en sus negocios. En el reto “Construyamos juntos”, tuvieron que identificar una necesidad de su entorno y pensar una respuesta utilizando los productos, conocimientos y capacidades que cada uno podía aportar. El ejercicio terminó con cinco propuestas grupales relacionadas con la generación de oportunidades laborales, el cuidado del medio ambiente, la alimentación saludable, el reciclaje y el fortalecimiento de otros emprendimientos.





































La conversación continuó en “Historias que Inspiran”, donde los participantes analizaron qué les está funcionando y qué todavía les cuesta. Hablaron de creatividad, experiencia, calidad y buena atención, pero también de la falta de recursos y equipos, el aumento de los costos, las dificultades para promocionarse y la necesidad de encontrar nuevos clientes. Y nuevamente apareció una coincidencia: muchos de esos problemas no eran individuales.
Por eso también surgieron otras posibilidades. Compras conjuntas, alianzas, participación en ferias, intercambio de conocimientos y recomendaciones entre emprendedores fueron algunas de las alternativas identificadas. Adrián, de Susurros del Illimani, propuso incluso fortalecer una red en la que los propios emprendedores puedan recomendarse, comprarse, contratarse y apoyarse entre sí, convirtiéndose en clientes, proveedores y aliados.
Al final, el mural ya no era solamente un mapa de negocios. Era también una muestra de las personas que los sostienen, de las dificultades que comparten y de las posibilidades que aparecen cuando dejan de verse únicamente como competidores y comienzan a reconocerse como potenciales clientes, proveedores, aliados y compañeros de camino.
Se podría decir que el principal resultado de estos dos días en Cochabamba fue que los emprendedores llegaron para hablar de sus emprendimientos y terminaron descubriendo que, muchas veces, una de las herramientas más importantes para hacerlos crecer puede estar en la persona que tienen al lado.
Esta actividad se realizó como parte de las acciones del proyecto “Formación técnica de jóvenes de contextos vulnerados, especialmente mujeres, que genera oportunidades laborales y medios de vida en Bolivia”, financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) e InteRed y ejecutado por el Centro de Multiservicios Educativos (CEMSE), iniciativa que busca fomentar la colaboración y el impulso a emprendedores y emprendedoras.
Autora: Brenda Roque












